El Sr. K siempre tuvo dificultades para relacionarse con la gente, las relaciones personales nunca se le dieron bien. Él le echaba la culpa a un inexistente autismo, la fuerza era poderosa en su familia.
Y como todo tiende al equilibrio según la termodinámica, para compenzar esta deficiencia, el Sr. K. tenía una facilidad increíble para relacionarse con los animales.
Después de convivir y analizar las conductas de las mascotas que atendía en su clínica veterinaria, un día el Sr. K se planteó unas hipótesis:
"¿En que punto de la evolución hemos perdido nuestras colas?"
"¿Existe una relación directa entre la pérdida de nuestras colas y el desarrollo de el lenguaje verbal?"
"¿Era la cola un instrumento revelador de la verdad para los depredadores de nuestros antepasados, así que estos se vieron obligados a perderla para preservar la especie?"
Si fuéramos capaces de mover la cola alegremente cuando saludamos a quien nos hace sentir felices. Si fuéramos capaces de hacerla sonar como sonaja cuando nos sintiéramos amenazados, o cubriéramos nuestro ano con ella en vez de engañar y herir emocionalmente a los que nos rodean con mentiras y sarcasmos.
Si se nos pusiera rígida y apuntara en una dirección al momento de que algo tuviera nuestra completa atención. Si la tuviéramos apuntando hacia arriba cuando decimos una broma...
Si tuviéramos cola, no sería necesario hacer esa apertura emocional que tanto detesta el Sr. K.
Si tuviéramos cola, no ocuparíamos terapias con psicólogos.
Si tuviéramos cola, seríamos más sinceros.
Si tuviéramos cola, los entedería mejor humanos.
El Sr. K lo resumió todo en una sola frase: "Quisiera ser perro para ser un mejor humano".
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