Ir al contenido principal

Harvest moon

Algo extraño le ocurría cada solsticio y equinoccio al Sr. K. De hecho, el afirmaba que el tiempo debería de medirse por estaciones y no por calendarios. Su comportamiento se volvía más extraño de lo normal, como lo ocurrido aquella noche de luna llena del 27 de septiembre de 2034. Aquella vez tuve la oportunidad de dialogar brevemente con él en el jardín del hospital geriátrico.



Lo encontré observando la enorme luna roja mientras daba vueltas alrededor de un mezquite. Repetía una y otra vez la frase: "no debieron de cortar este mezquite, tenía más de 400 años, lo plantamos Eugenia y yo", "no debieron de cortar este mezquite, tenía más de 400 años, lo plantamos Eugenia y yo".

Me acerqué tratando de entablar una conversación-

-¿Qué hace Sr. K?
-Le pongo comida al perro mientras se me baja el ácido.
-¿Ácido? -pregunté sorprendido -¿Cuando consumió ácido?
-En Bahía de Kino en mi cumpleaños, creo que fué en el 2009.
-Hace 25 años de eso Sr. K.
-Hay noches que duran hasta 25 años, mi querido aprendiz, y al salir el sol con su eterno brillo y poder, nos dejan llenos de experiencias, y esta larga noche está a punto de terminar. El único inconveniente será reconocer lo ilusiorio de la realidad.
-Lo escuché mencionando el nombre de Eugenia, ¿Es algún pariente suyo? -pregunté mientras me empezaban a inquietar sus palabras.
-Eugenia... ¿Nunca te hablé de Eugenia? Te hablaré un poco de ella mientras esperamos su llegada.

En aquellos años de principios de la civilización actual, acostumbrábamos a medir el tiempo por estaciones del año, controlábamos las cosechas y entregábamos nuestros reportes trimestrales en estás fechas, que a final de cuentas, nuestras empresas cotizaban en la bolsa de valores. Teníamos también nuestras mejores fiestas al terminar nuestros deberes: teníamos la fiesta del yule, teníamos el sol de medianoche, el festival de primavera y la llegada del otoño.

Era en estas fiestas cuando ella aparecía. Y aparecía con la misión de despertar los más bajos y básicos institnos. Lujuría, placer, aventuras, travesuras. Cual Diosa de la fertilidad. Cual objeto de placer.

Piel morena, cabello rubio y labios carmesí. Medias de red debajo de la mini falda. Tacones altos y blusa transparente. En veces lencería abajo de sus ropas, las otras veces las transparencias dejaban ver que no llevaba nada. Todo un sinónimo de "lujuría hasta el amanecer".

Disfrutaba tanto de los cuerpos femeninos, como del de su amado, al cual retaba y llevaba a sus límites. Solo un Dios hindú podría tener las manos suficientes para tocar todos los senos descubiertos que tenía a su alrededor y a su disposición. Aquello eran orgías con espectadores que miraban atentos esperando una oportunidad de subirse al templete y poder participar. Era la dueña de todas las erecciones presentes.

Disponible para todos, pero fiel a su acompañante.

-¿Cómo es que no la he visto en este tiempo Sr. K?
-Estaba de vacaciones, pero ya le toca regresar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El futuro es hoy

Resonando con potencia, la señal interrumpida por un largo periodo vuelve a la internet. Aunque dentro de un medio obsoleto opacado por la gran F (Señor apiádate de nosotros y líbranos de este gran mal), el tiempo nunca cambiará lo que es real y menos si brota de un ronco pecho. Sedientos de ser escuchados y deshidratados por el intenso cambio climático local, ya no vayan descalzos por las tortillas a mediodía, ya no tienen 10 años; cada vez hay menos sombras en las cuales descansar. El futuro nos alcanzó 13 años después, y la nostalgia por lo que no llegó se hizo más evidente... El futuro ya no es lo que era, pero sigue siendo una vieja mula.

El Sr K y sus intentos de ser una mejor persona

El Sr. K siempre tuvo dificultades para relacionarse con la gente, las relaciones personales nunca se le dieron bien. Él le echaba la culpa a un inexistente autismo, la fuerza era poderosa en su familia. Y como todo tiende al equilibrio según la termodinámica, para compenzar esta deficiencia, el Sr. K. tenía una facilidad increíble para relacionarse con los animales. Después de convivir y analizar las conductas de las mascotas que atendía en su clínica veterinaria, un día el Sr. K se planteó unas hipótesis: "¿En que punto de la evolución hemos perdido nuestras colas?" "¿Existe una relación directa entre la pérdida de nuestras colas y el desarrollo de el lenguaje verbal?" "¿Era la cola un instrumento revelador de la verdad para los depredadores de nuestros antepasados, así que estos se vieron obligados a perderla para preservar la especie?" Si fuéramos capaces de mover la cola alegremente cuando saludamos a quien nos hace sentir felices. Si...